Crónica y testimonio del periodista y miembro de la Orden, Larcery Díaz Suárez:

El 7 de mayo del 2020, en el Centro Médico de Essalud de Ciudad Eten, me convertí en el paciente 3,268 de los 8,482 casos positivos del Covid que hasta el 31 de ese mes hubo en Lambayeque. Haciéndome al dolor, aparte del que llevaba encima, me acogí a la prescripción gubernamental y médica de un aislamiento total, que cumplí y de la que gracias a Dios salí librado. Fui uno de los que venció al COVID-19.

Durante mi medio siglo de vida periodística recogí testimonios de alegrías y llantos de centenares de personas, médicos, personal de salud, policías, militares. Cubrí decenas de accidentes con muertos y heridos. Asistí varias veces a la morgue para observar un examen necrológico; y vi restos humanos despedazados, desde el terremoto de mayo de 1970, en que hice esa cobertura.

Alguna vez escribí una crónica sobre el antes, durante y después de una intervención quirúrgica que viví en un hospital. Registré lo a veces tragicómico de la vida en el nosocomio; en muchas ocasiones -valga decirlo-, con dramas provocados por los propios pacientes, impacientes del entendible momento. Mi historia fue publicada. Pero hoy estaba en otra etapa, con un virus invisible metido en mi organismo no se sabe por qué o por quién, como se había colado en millones de personas en el mundo y a muchas ya había matado.

A fines de abril comenzaron los estragos. Todo mi cuerpo se desvaneció. No podía controlarlo. Una explosión interna taladraba mi cabeza. Mi garganta se obstruyó con la hinchazón de amígdalas. Mi respiración empezó a bloquearse, aparte de las convulsiones de tos de rato en rato. Tomé un antihistamínico, en el supuesto de una alergia; y una aspirina para el dolor de cabeza. Por la tarde  persistían los martillazos cerebrales.

LOS INICIOS

Ese día mi esposa Jesús cumplía años. No iba a ser una celebración, pero con nuestros hijos, habíamos mandado preparar una torta. Minutos después del almuerzo se me enfrió el cuerpo y no me respondía. Fui al dormitorio. Traté de conciliar el sueño; pero, nada. Además, no tenía fuerzas para levantarme. Caída la noche tomé nuevamente un antialérgico y una pastilla para dormir. Desde muchacho me acostumbré a vivir insomne, por el placer de la lectura que me llenaba por las noches hasta concluir un libro. Y también por la pasión del cine. Pero en ese momento, ni libros ni cine. Era medianoche y las pastillas no hacían efecto. Además, me quedé sin probar la torta: mi hambre y gusto se quitaron.

Ese día mi esposa Jesús cumplía años. No iba a ser una celebración, pero con nuestros hijos, habíamos mandado preparar una torta. Minutos después del almuerzo se me enfrió el cuerpo y no me respondía. Fui al dormitorio. Traté de conciliar el sueño; pero, nada. Además, no tenía fuerzas para levantarme. Caída la noche tomé nuevamente un antialérgico y una pastilla para dormir. Desde muchacho me acostumbré a vivir insomne, por el placer de la lectura que me llenaba por las noches hasta concluir un libro. Y también por la pasión del cine. Pero en ese momento, ni libros ni cine. Era medianoche y las pastillas no hacían efecto. Además, me quedé sin probar la torta: mi hambre y gusto se quitaron.

El POSIBLE COVID

Logré recuperarme del resfrío gracias al Dr. José Reque Neciosup, médico de Ciudad Eten, donde resido. Telefónicamente me sugirió preferible antigripales. Pero el decaimiento continuó. El miércoles 6 de mayo llamé a Chiclayo al Dr. Víctor Delgado Mass. Me brindó consejos y me recetó medicamentos. Pregunté:  ¿Cuánto por la consulta? Respondió: “Lo que va a gastar en pagarme, que sea para comprar medicina”. Mis hijos mayores la compraron en Chiclayo y me la enviaron de inmediato.

Ese día, Cuidad Eten tenía 39 contagiados y 9 fallecidos. El doctor Delgado me dijo que posiblemente la cifra de positivos sea mucho más. Me sorprendí. Más, cuando una enfermera cercana a mi familia confirmó que por la zona donde vivo, el ambiente se había contaminado con las muertes cercanas. El médico, además, me sugirió que al siguiente día me hiciera descarte del COVID-19.

La tarde del miércoles 6 empecé a tomar las medicinas. La madrugada del jueves 7 me encontró con la preocupación encima. Con mi esposa fuimos al hospital de EsSalud. El vigilante nos pidió ingresar uno por uno. Me hizo pisar una alfombra de dunlopillo impregnada en desinfectante y roció mis manos enguantadas con alcohol. Mi esposa esperó en la vereda, detrás de la reja. Incluso le pidieron retirarse un poco más, para después también atenderla.

¿QUÉ PIENSA UNO EN MOMENTOS COMO ESOS?

Solo miraba al cielo. Decenas de golondrinas aparecían y desaparecían por debajo de los tejados del techo, en el patio del hospital que lleva el nombre de un ilustre médico lambayecano, con quien había compartido conversaciones amicales: Don Juan Aíta Valle.

Debe haber pasado media hora cuando me llamaron a un cuarto reducido. La enfermera igualmente roció desinfectante en una pequeña alfombra. Allí, ambos de pie, extrajo sangre de mi dedo índice. Y a esperar, otra vez. No soy nervioso y mi profesión me ha ayudado a no tener miedo. Pero, a esas alturas, uno se pregunta qué pasará. Las noticias en todo el país no eran muy alentadoras y de cuando en vez escuchaba al mismo vigilante del hospital recomendar el distanciamiento y colocarse bajo el Sol “para que el astro rey mate al bicho”.

Ahora sí, a la revisión médica. Los doctores deben tener la paciencia de Job para detallar lo a veces, como ahora, inexplicable. El doctor Freddy Michel Torres Gálvez, sí la tuvo conmigo. Tras la toma de presión, irrigación sanguínea y oxígeno en mi cuerpo, inhalar y exhalar, etc., certificó: su caso ha dado positivo a coronavirus.

Ese día, 7 de mayo, el reporte Covid daba 44 positivos y 9 fallecidos en Ciudad Eten. Chiclayo tenía 1,283 y 113 respectivamente. En todo Lambayeque, los muertos sumaban 327. El total de contagiados era de 3,268. En todo el Perú se registraban 1,627 muertos y 58,526 casos confirmados.

AISLAMIENTO TOTAL

En el hospital de Essalud, en Ciudad Eten, me brindaron pastillas y 21 ampollas intramusculares, algunas para inyectarse tres cada 24 horas. Fueron las mismas medicinas que un día antes ya tenía en mi poder por el médico que me las recetó. Así que me hice al dolor.

Cada día, la asistenta del hospital, Jenny Rojas, telefoneaba para informarse cómo iba el proceso. El sétimo día el doctor Freddy Torres llamó para felicitarme por sobrellevar la enfermedad. Pero aclaró que aún quedaban siete días más de aislamiento para darme de alta. También monitoreaba la asistenta Isabel Quijano, del Servicio de Epidemiología del Hospital Almanzor Aguinaga.

En buena hora este continuo contacto telefónico par registrar lo que van logrando o la batalla que están perdiendo. En todo caso, el personal del hospital de Ciudad Eten estuvo siempre pendiente de mi recuperación, como seguro de todos los pacientes contagiados.

De acuerdo con mi familia, me aislé totalmente, guareciéndome en lo que llamo mi búnker de estudio y regocijo, puerta a la calle; una antigua casita reconstruida paradójicamente para acoger a los amigos y desde donde solo una vez me asomé para fotografiar el paso de Padre “Lute” que con el Santísimo, bendíjo a esa localidad que busca ser Ciudad Eucarística y donde aproveché para pedir con mucha fe por mi salud y de quienes padecíamos este mal. Después, por las ventanas veía sombras y escuchaba voces y bocinas de vendedores de pan y ladridos de perros callejeros.

Allí, unido a llamadas virtuales con la familia, pendiente de mí, permanecí en un aislamiento que a todos se les pidió desde el comienzo de esta pandemia. Los ladridos lejanos de mis mascotas, en otro patio, me perforaban el alma.

Tuve a mi lado mi biblioteca, de la que volví a nutrirme; muchas herramientas que en algún momento usé: máquina de escribir mecánica, grabadoras, cámaras fotográficas, una vieja filmadora de cine, celulares antiguos y hasta casetes y discos de vinilo, que conforman un pequeño museo personal, al lado de mis trofeos periodísticos y literarios que me ayudan a recordar los buenos momentos de esta maravillosa profesión.

Este pequeño espacio lo presiden una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, traída de México, un cuadro del Señor de la Misericordia en la pared y una capita morada con la imagen grabada en alto relieve del Niño del Milagro, en uno de los respaldares de los sillones. Asimismo, una gigantografía con la expresión alegre de mi esposa, hijos y mía y muchos souvenir de Perú y el extranjero. Llenaba el ambiente una música suave que me motivaba caminar de aquí para allá, de allá para acá y viceversa.

El domingo 17 de mayo leí en el Facebook: “Con 51 casos confirmados y 13 muertes, Ciudad Eten tiene la más alta tasa de letalidad en la región: 25.5%”. En términos de estadística, un porcentaje terrorífico.

¡DADO DE ALTA!

El miércoles 20 de mayo, tras dos semanas de absoluto encierro, el doctor Torres Gálvez me anunció que me daba de alta. Reconoció que había pasado la fase grave. Ese día, según Epidemiología de la Gerencia de Salud, Lambayeque alcanzaba 500 muertos y 5,396 casos positivos. Ciudad Eten, 54 positivos. Los muertos sumaban 13.

Al día siguiente se conoció que en Lambayeque 4,494 personas habían ganado la batalla al coronavirus. Entre ellas estaría este pechito, me dije. Pero el médico también me recomendó aislarme una semana más. Lo hice no una sino dos, para completar el mes, por si acaso.

A fin de mes, el 31 de mayo, el Comando Covid en Lambayeque reportó 615 muertos y 8,482 positivos. Solo Chiclayo distrito se acercaba a 3 mil casos, seguido de Leonardo Ortiz, que llegaba a mil. En Eten el número de positivos subió a 118.

Con mi celular y mi tablet seguí ejerciendo el periodismo, gracias a la colaboración textual, fotográfica y en vídeos, que me enviaban amigos periodistas que también heroicamente cubrían su labor de calle. A algunos, desde mi confinamiento y con mucho dolor, lamentablemente vi caer. Agradezco particularmente los envíos vía WhatsAap del reconocido fotoperiodista y amigo Luis Rodríguez Sánchez que, sin hasta ahora saber de mi estado, me ayudó a alimentar en mi página web, de la muy buena información y de fuente confiable, que requería Lambayeque y el país, algunas de cuyas fotos publicó La Industria. Muchísima otra información fue desechada por mí, por falsa, ambigua, negativa o mal intencionada.

También el tiempo se pasaba volando, entre revisar el texto de una novela inédita, sobre la que se me ocurrió agregar un final inesperado. Asimismo, detalles últimos, reales y de investigación, para un libro cuya historia he ayudado a escribir: los 100 años de la Corte Superior de Justicia de Lambayeque.

Igualmente escribí la crónica “Testimonios de reporteros en tiempos del Covid 19”, sobre la vida periodística que desde diversos ángulos hemos pasado en esta pandemia, Lucho Rodríguez y yo.

En mi búnker tengo también muchos brindis esperando. Ojalá pueda compartirlos para seguir haciendo un ¡Salud por la vida! Por la buena vida que, gracias a Dios, a mi familia, al periodismo y a los buenos amigos, hasta hoy me ha tocado vivir. (Larcery Díaz Suárez – Periodista).

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Me considero un periodista privilegiado. No tengo dinero, pero vengo de una generación muy rica. Los años 70 y después 80 fueron para los muchachos