El periodista dijo su nombre. Y a renglón seguido dijo que era del “The Toronto Star”. Ocurrió hoy.

Yo almorzaba. Vi y oí en la TV la intervención del reportero del diario de mayor circulación de Canadá. El Premier de Ontario, Doug Ford, ofrecía su diaria conferencia de prensa sobre el COVID-19.

La manera de presentarse del reportero -que es la manera formal de los reporteros al plantear sus preguntas a un jefe de estado, diciendo primero su nombre y luego el nombre del medio que representan- trajo a mi memoria mi primera conferencia de prensa frente al general Juan Velasco Alvarado, convertido en jefe del estado peruano.

“Walter Seminario”, dije, “del diario ‘La Prensa’”.

Los ojos achinados de mi coterráneo intensificaron su mirada en el acto cuando oyó mi apellido. Mirándome con especial atención y sonriendo -con una sonrisa muy amable- me preguntó, “¿de Piura?”
– “Sí, señor Presidente”.
Sonriendo aún más, me lanzó la broma:
“¿Dónde has dejado tu piajeno (burro)?”
– Yo, desde luego, sonreí. Me parece que todos los reporteros sonrieron.

La broma era alusiva a la fama de que en Piura abundan los algarrobos -unos árboles que con su sombra refrescan el infernal calor pretropical del norte peruano- el apellido Seminario y los burros (piajenos). Mi primera pregunta inauguró una relación muy especial entre el jefe del Gobierno Revolucionario y este reportero piurano.

En la siguiente conferencia de prensa, otra vez, “Walter Seminario, del diario ‘La Prensa’”. “De Piura”, dijo el general Velasco Alvarado, confirmando lo que ya sabíamos. Me hablaba sentado al otro lado de su escritorio, que brillaba de limpio. Asentí con un movimiento de cabeza y sonriendo al mismo tiempo.
– “¿Tienes tierras?” Me preguntó.

Su gobierno estaba aplicando la reforma agraria y, por curiosidad traviesa, insinuaba saber si la medida de su gobierno afectaba mis intereses.
– “No, señor Presidente”, contesté.

Cuando terminó la rueda de prensa me acerqué a su escritorio y le dije en voz baja, con la amistad que él me había concedido, “General (no le dije “Presidente” esta vez porque gracias a la piuranidad que había comenzado a abrazarnos ya éramos “amigos”- Los piuranos nos sentimos unidos en una manera muy especial- Un sentimiento muy particular nos enlaza), la única tierra que tengo – le dije-, es la que se me acumula debajo de las uñas cuando no me lavo las manos”. El hombre en uniforme sonrió otra vez, pero no dijo nada. La broma debe estar registrada en las grabaciones de seguridad de estado de ese día.

Un domingo, en Chaclacayo, a la salida de su casa de campo, me concedió una exclusiva a nivel mundial. Una primicia de oro. Fue la primicia más relevante en mi carrera de reportero. Primicia es una noticia importante que un reportero logra en exclusiva. El gobierno francés había anunciado que reventaría otra bomba atómica en el atolón de Mururoa -un isla lejana que conserva como colonia. Algunos científicos afirmaban que tales explosiones estaban relacionadas con los terremotos en Perú.

El Presidente Velasco advirtió entonces que su gobierno rompería relaciones diplomáticas con París si reventaba otra bomba. París hizo estallar la bomba un sábado.

El domingo llegué a la casa de campo del Presidente Velasco casi al mismo tiempo que la aurora. Me paré al lado de la puerta de madera blanca que unía las dos partes de la cerca, también de madera, que rodeaban la casa. Los agentes de seguridad, por supuesto, me abordaron. Me identifiqué como reportero de “La Prensa” y les expliqué la razón de mi presencia.

Como una hora más tarde llegó hasta mí un agente de seguridad del estado y me dijo, “el Presidente no va a dar ninguna declaración”.
– “Muchas gracias”, le dije.
– “Puede usted retirarse”, me dijo.
– “No”, le dije. “Voy a estar aquí, fuera de la propiedad de la casa. Voy a esperar”.
– “El Presidente no va a salir”.
– “No importa. Mi trabajo es esperar”, le respondí. El agente dio media vuelta y caminó de regreso a la casa.

El tiempo comenzó a pasar. Los árboles y yo éramos envueltos por el silencio. El tiempo siguió pasando. Llegó la hora del hambre. Vencí al hambre mentalmente porque sabía que después comería. De pronto, después de mucho tiempo, vi un automóvil negro que salía de la casa, moviéndose despacio. Se acercó a la puerta con lentitud, como calculando su avance. Me paré en medio del camino, a unos tres metros de la puerta de la cerca, a fin de hacerme lo más visible posible.

El automóvil se detuvo a la espera de que alguien abra la puerta. La puerta fue abierta. El vehículo reemprendió su marcha. Comenzó a cruzar la puerta y cuando acabó de cruzarla se detuvo a mi lado. Los vidrios de las puertas del lado izquierdo -que estaban a mi lado- bajaron en silencio. La cara del General me sonreía. Vestía de civil. Llevaba puesta una gorra italiana (no verde, no militar). Gorra popular civil italiana. El menor de sus hijos iba con él. También sonreía. Les sonreí.

El muchacho no sabía -su padre, el general-presidente- tampoco sabía que yo sabía que él, el hijo del general-presidente, era enamorado de Erika.
Erika era hija -vástago único- de Polo Solano.

Polo Solano era un trujillano que hizo fortuna en Lima en el negocio de las joyas. El periodismo peruano lo bautizó como “El Rey de las Pulseras” en reconocimiento a su tradición de obsequiar una pulsera de oro a la ganadora del concurso anual Miss Perú y que bajo el gobierno de Velasco fue reemplazado por el certamen “La Reina del Trabajo”, el cual buscaba destacar los valores humanos de la mujer por encima de la mera belleza física. El periódico oficial del concurso era precisamente “La Prensa” y yo era el reportero encargado de cubrir las notas del evento. Fue así que Polo y yo nos conocimos.

Y muchas veces bebíamos whisky los dos en su oficina del jirón de la Unión.Bebíamos hasta las dos de la madrugada. A esa hora, en punto, se aparecía su chofer, que también era su guardaespaldas. El hombre no hablaba. Solo aparecía, se paraba en la puerta y lo miraba con respeto. “Es hora de irnos, Seminario”, decía Polo.

Él se iba a su casa. Yo me iba al barrio noctámbulo de La Colmena. Nunca faltaba un colega con quien despacharnos los últimos tragos de la noche. El periodismo de ahora no goza la bohemia que gozamos nosotros.
Polo me confió el romance entre su hija y el hijo de Velasco en una de esas tertulias humedecidas con el deleite del rubio licor. Me confió también que Domingo Seminario Urrutia, símbolo del gamonalismo piurano, era uno de sus clientes principales.

“¿Es tu pariente?” me preguntó en una de las primeras noches. “No lo conozco personalmente”, le dije y le narré la historia de los Seminario: fueron tres hermanos que se afincaron en Piura tras una larga travesía desde el norte de Italia. Los Seminario de Piura descendemos de esos tres hermanos. Me mostró unas joyas hermosas y me dijo que me las vendía a precios especiales. “No soy de los Seminario ricos”, le dije. Las guardó de regreso y proseguimos siendo amigos y bebimos esa vez hasta las dos de la madrugada y muchas otras veces más. Nunca me llamó por mi primer nombre, sino por mi apellido paterno. Lo pronunciaba con dulzura y acariciándolo como si le recordase las ganancias que le sacaba al Seminario rico – Domingo.

– “Francia estalló la bomba”, le dije al general, que vestía de civil.
El jefe del estado se puso serio. “Se rompen las relaciones”, dijo desde el interior del automóvil. Subrayó que el gobierno militar cumplía con su palabra. El diálogo fue breve.

El automóvil negro avanzó, tomó la carretera central y se dirigió a alta velocidad hacia los Andes.

“La Prensa” publicó al día siguiente en la primera página sus declaraciones anunciando la ruptura de relaciones diplomáticas con Francia. Fue la noticia más importante de la primera página. “Primera de primeras”, en el argot periodístico. Desde luego, la nota apareció firmada por mi nombre.

Conservo esa página y la fotografía donde aparezco entrevistando al jefe del estado en el momento que me dio la primicia, pero no la tengo a la mano esta tarde. La voz del reportero del “The Toronto Star” (“La Estrella de Toronto”) hizo aletear en mi memoria este grato recuerdo.

Autor: Walter Seminario

Destacado periodista peruano y miembro de la Orden con más cuatro décadas de ejercicio profesional. Ha colaborado en múltiples diarios limeños entre los que se destacan “La Prensa” y “Última Hora”.

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Me considero un periodista privilegiado. No tengo dinero, pero vengo de una generación muy rica. Los años 70 y después 80 fueron para los muchachos